Cuando eres pequeño, te dan tu corazón diciendo que es algo que tienes que cuidar muy bien, porque sin él no puedes vivir. Tú, obediente lo cuidas muy bien. Lo alimentas, lo haces ir rápido y lo mantienes energético. Cuando eres pequeño tu corazón va perfectamente. Hasta llegar a la adolescencia. Ese bonito momento en el que abrimos nuestros sentimientos y nos dejamos llevar por ellos. Y te enamoras. Y harías lo que fuera por esa persona. Y ella, lo que hace es cogerte ese corazón que tienes que proteger para sobrevivir y como un vaso de cristal lo tira al suelo haciéndolo trizas. Roto. Te sientes roto por dentro. Has descuidado lo único que te mantiene con vida. Antes de que algo más grave pase, recoges los pedazos de este e intentas arreglarlo. Te vas corriendo del lugar del crimen, dejando uno de los trozos de tu corazón, perdido.
Lloras. ¿Cómo vas a arreglarlo? ¿Cómo vas a arreglar todo ese desastre? Te sientes vacío.
Pasan los días y aún no lo has podido arreglar, hasta que un día alguien aparece. Te ofrece su mano. Y te ayuda a arreglarlo. Poco a poco coge los trozos y lo vais arreglando. Cuando parece que ya está arreglado, vuelven a destrozarlo, rompiéndolo en muchos más pedazos. Aunque esa persona que te ha salvado sigue ahí, ayudándote a arreglarlo de nuevo, no es suficiente. Ahora hay muchos más trozos que antes. Pasan los días y ya casi no tenéis fuerzas para arreglarlo. Pero, cómo antes, aparecen. Aparecen más personas que te ayudan a arreglarlo. Y juntos lo arreglais. Aunque queda un hueco. El hueco del trozo perdido al huir del sitio dónde ocurrió el crimen, el asesinato. No estás completo del todo, pero es una alegría, volver a tener tu corazón. Te prometes cuidarlo mejor esta vez. A pesar de todo, ese hueco sigue ahí y una parte de ti quiere encontrarlo, para sentirte completo de nuevo. Para no sentirte vacío cuando sientes. El tiempo pasa y parece que nunca lo encontraras. Pero al final, un día, ves algo brillar al final de esa calle que siempre recorres. Ves que esa cosa que brilla, te llama. Y tú, vas a por él, sólo para ver que es. Y ahí lo encuentras. El trozo pérdido. Pero no viene sólo. Viene con la última persona. La que te va a colocar ese último trozo y te va a hacer sentir de nuevo. Y cuando por fin te ha colocado ese trozo, respiras. Y esta vez lo haces de verdad, sintiendo el aire en tus pulmones llenarte. Vuelves a estar completo, después de mucho tiempo y nunca había sabido tan bien.
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